Televisión Pública Catalana, un futuro incierto

ARTICULO DE OPINIÓN

“Que las televisiones autonómicas deben existir como servicio público fundamental es una consecuencia de nuestra estructura constitucional, de nuestra estructura autonómica, en la que se otorga a las comunidades una competencia casi exclusiva en materia de cultura”, Miquel Roca y Junyent.

A partir de 1982 nacen las primeras televisiones públicas autonómicas con el objetivo primordial de promover una cultura independiente, las tradiciones, la lengua propia y la realidad social e institucional de la comunidad, ofreciendo un servicio público de proximidad. 

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La Televisión de Cataluña comenzó con sus emisiones en 1983, cuando el Parlamento aprobó la Ley para la creación de la TV autonómica catalana. TV3 tiene la misión de prestar un servicio público audiovisual de calidad, comprometido con los principios éticos y democráticos y con la promoción de la cultura y la lengua catalana. La televisión pública catalana nutre sus fuentes de financiación por dos agentes (modelo mixto): el fondo público con las aportaciones del contrato programa entre la CCMA y la Generalitat y por otro lado, aportaciones de publicidad y ventas. Actualmente, cuenta con 6 canales de televisión.

Se debería analizar si todos estos puntos inscritos en los artículos de creación y regulación del ente público se cumplen. En general, todos velan por la protección y proliferación de sus lenguas, culturas e identidades, para fortalecer la calidad informativa y garantizar un servicio público a los ciudadanos. Pero, ¿cuál es la realidad actualmente? Los medios de comunicación deben hacer frente a la aparición y adaptación de un entorno digital que ha modificado las rutinas de producción y de consumo. La fragmentación de la audiencia debido a la multiplicidad de canales, el drástico descenso de inversiones publicitarias y la restricción del gasto presupuestario son algunas de las amenazas para las cadenas públicas autonómicas. Ante este futuro desalentador, la reinvención e innovación son los mejores aliados. Por ello, las televisiones públicas autonómicas han buscado distintas disyuntivas: nuevos modelos alternativos de consumo televisivo (emisiones a la carta o por móviles, en Tv3), definir nuevos formatos de contenido, mejor adaptados a las demandas de la audiencia (Polonia TV3), emplear nuevas plataformas tecnológicas (emisión en HD, 3D, 16:9 o en móviles), una gestión eficiente con un contrato programa, el control parlamentario, estructuras de mayor flexibilidad, visión multicanal, etc.

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Pero, hablemos de la politización del medio…

Parece ser que periodismo y política ya son términos diluidos. Dos conceptos que deberían entenderse por separado y actuar con independencia, y que sin embargo, hoy en día, van más de la mano que nunca. La teoría parece más sencilla que la práctica. Un medio público debería ser el altavoz del ciudadano, aunque la realidad es otra. Cada vez más son los partidos políticos quienes determinan que es o deja de ser noticia. Hablamos de política periodística.

Los medios públicos, pagados por los ciudadanos, son un ejemplo de imparcialidad en cuanto a la cobertura informativa se refiere. En Cataluña también se está viviendo un hecho insólito. Más de 600 mil personas se enfrentan cada día a la realidad del paro, mientras que TV3 nos muestra una realidad bien diferente, la de una Cataluña preocupada única y exclusivamente por la independencia.

Con la politización de los medios de comunicación, el periodista ha perdido el patrimonio exclusivo de la información. Ahora ya no es él quien decide libremente como tratar una noticia. Pocas noticias son neutrales, la objetividad pasa a ser una utopía y la falta de diversidad ideológica toma protagonismo. El enfoque periodístico y la línea editorial de TV3 no entiende de neutralidad y transparencia. La cadena ha demostrado en más de una ocasión su tendencia soberanista.

Ya lo anunció George Orwell en su momento: “Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas”. Tal vez deberíamos hacerle caso y tratar de ejercer un periodismo con independencia de los que gobiernan, porque más vale pedir perdón que pedir permiso.

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